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Un espectro llamado Europa

ANTONIO AVENDAÑO 


Al contrario de lo que pudiera parecer, estas elecciones europeas son las más importantes de cuantas citas continentales se han convocado hasta ahora. Las más importantes no porque vaya a ir mucha gente a votar, sino justo por todo lo contrario, por la poquísima que parece dispuesta a hacerlo y por las buenas razones que tiene para ello. Y no, no es un juego de palabras ni un ejercicio de ingenio: la cita del 25 de mayo es importante porque será el infalible termómetro de la enfermedad que asola al continente, sobre todo al sur del continente y que es la enfermedad de la desafección, del descreimiento y quién sabe si también del resentimiento.

Todos los partidos dicen que estas elecciones son muy importantes para el proyecto europeo, pero la gente no les cree. Al proyecto europeo no lo salvarán pequeñas, prudentes y cautelosas y lentísimas reformas: de hecho, la propia elección por el Parlamento del nuevo presidente de la Comisión Europea, que en el pasado habría cosechado un largo aplauso de la opinión pública, es vista hoy con escepticismo y hasta con desgana, como se ven las cosas largamente soñadas que nos son concedidas demasiado tarde, cuando ya se ha desvanecido la ilusión por poseerlas.

La gran noticia de estas elecciones va a ser la abstención, aunque vaya a haber también otras noticias secundarias que tendrán su importancia, sin duda, pero que será una importancia meramente doméstica. Por ejemplo, será interesante saber si gana el PP o gana el PSOE, si sube IU más o menos de lo esperado, sin UPyD se afianza, si Podemos obtiene escaño…

También será, en términos todavía más domésticos, interesante saber si el Partido Socialista se hace de nuevo con la primera plaza en la estimación de los andaluces. Para la organización que lidera Susana Díaz es crucial adelantar a un PP que ha venido ganándole con holgura en las últimas citas electorales; significaría quebrar una tendencia que al PSOE le haría subir enteros de cara a las municipales del año que viene. Ese y no otro es el aliciente de los votantes socialistas andaluces para acudir dentro de dos semanas a las urnas. En realidad, será igual en todas partes: el voto que se movilice lo hará en gran medida por los alicientes locales, no por los alicientes continentales.

LAS URNAS DE LA IRA

Pero lo verdaderamente interesante de estas elecciones será saber hasta dónde llega la decepción o la ira de los ciudadanos europeos que durante esta crisis se han sentido abandonados por las instituciones de la Unión, las cuales los han tratado como si fueran unos desconocidos, no como si fueran parte, como creían serlo, de una familia común. Hasta la crisis todos nos creímos europeos, que es como decir que todos nos creímos alemanes, entre otras cosas porque la banca internacional nos trataba como alemanes dándonos dinero a espuertas. La crisis nos enseñado que no lo éramos y nos ha devuelto a nuestra resignada identidad preeuropea: de nuevo hemos vuelto a ser españoles, portugueses o griegos. Pues bien, si ya no somos alemanes y en Europa manda Alemania, que voten los alemanes porque yo no pienso hacerlo, pensará más de un resentido ciudadano del sur cuando llegue el 25 de mayo.

El escenario de una abstención brutal no es inverosímil ni descabellado. Su interés político radicaría en que, antes o después, obligaría a repensar de arriba abajo la construcción europea y los tiempos para hacerla efectiva su renovación. Si la gente le da la espalda a las urnas de una manera inapelable y abrumadora, y si lo hace además con porcentajes muy diferentes entre los países del norte y los países del sur, más acusados los porcentajes en estos que en aquellos, a los dirigentes europeos no les quedará más remedio que obrar en consecuencia, pues la gente les estaría diciendo claramente que o cambian Europa o Europa se muere. Con una abstención histórica en el sur la gente les estaría diciendo a sus líderes que ha dejado de interesarle esa Europa moribunda y espectral de cuya identidad ha sido borrado para siempre el sello de la solidaridad y la cohesión.

UN CANDIDATO AZUL Y DOS CANDIDATOS GRISES

Y, regresando a las claves domésticas, tampoco los principales partidos de la izquierda parecen haber acertado en la elección de sus cabezas de cartel. En cuanto a los partidos de la derecha, el perfil de sus candidatos da un poco igual, aunque Arias Cañete cumple muy bien las expectativas de unas elecciones como estas, que no están hechas precisamente para fajarse con el contrario. Cañete encarna una derecha plácida, acomodada y hasta políglota: una derecha que, aun sin haber renunciado a su vocación genuinamente oligárquica, parece cualquier cosa menos española. Desconcierta, dicho sea de paso, el cartel elegido por el PP para convencer a sus votantes: todo él de un color abrumadoramente azul del que tampoco escapa el propio candidato, que parece como recién salido de una tintorería, lo cual se da un aire espectral que ha suscitado bastante choteo en las redes sociales.

Sobre UPyD es difícil decir algo coherente porque no hay manera de saber si son de izquierdas o de derechas; ellos dicen que para unas cosas son de izquierdas y para otras son de derechas, pero en política el eclecticismo siempre es sospechoso. Un líder político solo puede ser alguna de estas tres cosas: o bien de izquierdas o bien de derechas o bien de sí mismo. A estas alturas todavía no sabemos en cuál de las tres categorías se encuadra Rosa Díez.

PSOE e IU dan la impresión de no haber acertado con sus candidatos: si Arias Cañete era azul, Valenciano y Meyer serían grises. El PSOE se habría equivocado por pereza e Izquierda Unida lo habría hecho por cautela: por una pereza excesiva y por una cautela excesiva. Elena Valenciano no logra transmitir fuerza, pasión ni convicción: puede que se crea lo que dice, pero no es capaz de trasladar esa fe a la gente. A Valenciano parece ocurrirle lo que a toda la actual cúpula federal socialista: que todos ellos -Alfredo Pérez Rubalcaba, Soraya Rodríguez, Óscar López…- son muy solventes para ejercer de número dos pero ninguno logra dar la talla de número uno. Se dirá que eso mismo vale para el PP de Mariano Rajoy, y es cierto, pero en su caso ese problema es irrelevante puesto que está en el poder, y cuando se está en el poder hasta el más mediocre número dos parece un carismático número uno.

A esa crisis de nombres el PSOE ha de sumar la crisis de ideas y de credibilidad de la propia socialdemocracia: ¿cómo convencer a los ciudadanos de que quieren cambiar Europa y hacer otras políticas si están gobernando en Alemania con la CDU y no se nota o están gobernando en Francia y tampoco se nota? ¿Para qué diablos, se pregunta la gente, sirve un partido socialdemócrata que no se nota que es un partido socialdemócrata?

Esa debilidad estructural del Partido Socialista tal vez no vaya a aprovecharla suficientemente Izquierda Unida en términos electorales porque la elección de su candidato Willy Meyer no ha sido la mejor, y no porque Meyer no sea un político de raza, sino porque tal vez lo es demasiado. El nombre y la figura de Meyer remiten excesivamente al pasado, lo cual es bueno para conservar el electorado histórico de IU pero malo para pescar nuevos votantes en los decepcionados caladeros del socialismo español. Su sustitución, en todo caso, no habría sido nada fácil si IU se lo hubiera propuesto, que no se lo ha propuesto: quienes son muy del partido no conquistan nuevos votantes y quienes pueden conquistar nuevos votantes no son muy del partido.

UN FANTASMA RECORRE EUROPA

Sea como fuere, la abstención seguirá estando ahí. Lo que Marx dijo del comunismo revolucionario hace más de un siglo y medio, cabe decirlo ahora del desistimiento electoral: un fantasma recorre Europa, es el fantasma de la abstención. Sería sarcástico que la previsiblemente elevada abstención del sur escondiera, sin ella misma saberlo, unas insospechadas potencialidades revolucionarias, en el sentido de hacer definitivamente visible -e imposible por tanto de seguir soslayando políticamente- ese déficit de legitimidad de la Unión Europea del que tanto se ha hablado siempre pero contra el que nada se ha hecho nunca.

En esta amarga segunda década del siglo XXI cuyo horizonte el Partido Popular ve de color azul, Europa se nos muestra poblada de fantasmas, de muertos vivientes como la solidaridad, la cohesión o la igualdad que deambulan por el continente en pos de una resurrección que nunca llega. He aquí la Europa de los fantasmas. He aquí que la propia Europa es ella misma el fantasma número uno, el pálido y gigantesco espectro que, ante la mirada atónita de millones de europeos, va arrastrando las pesadas cadenas de su crisis institucional por ese castillo en ruinas que es el Parlamento de Estrasburgo.


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