JOSÉ BLANCO
En “El desprecio como destino” nuestro
entrañable escritor Eduardo Galeano puso en negro sobre blanco:
Como Dios, el capitalismo tiene la mejor opinión sobre sí mismo, y no
duda de su propia eternidad. Es posible que el capitalismo del que habla
Galeano empiece a asumir otro punto de vista, si nos atenemos al
documento Global Risks Report 2011 encargado por la élite
mundial que se reunió en Davos, que bien podría subtitularse Las cosas
duran hasta que se acaban. Esa es quizá la principal conclusión del
reporte: en breve, advierten que el derrame de la actual crisis
financiera agotó la capacidad del mundo para hacer frente a nuevas
crisis.
Concluyen también que la gravedad y la
profundidad de los riesgos para la estabilidad mundial se han vuelto más
frecuentes, mientras que resulta evidente que la idoneidad de los
sistemas de gobernanza (?) para enfrentar tales problemas ha
periclitado. El sinceramiento es impresionante.
Como era de esperarse, las élites
llegaron a Davos, cada una con su propio discurso, a decir a las demás
qué debían hacer, y regresaron a sus lares con el mismo discurso con que
llegaron; no pueden asumir que todos vamos en el mismo barco. Dilma
Rousseff dijo: prefiero asistir a Porto Alegre, un foro creado como
alternativa a la política capitalista de los banqueros del mundo.
Todos reconocen que navegamos en el
mismo barco: George Osborne, responsable de la Hacienda de Cameron, dijo
en Davos al referirse a Grecia (0.028 por ciento del PIB de la
eurozona, en 2010): La cola mueve al perro. Grecia tiene en jaque, dadas
las articulaciones financieras internacionales, a la poderosa Alemania y
a la eurozona como conjunto. Y más allá, la eurozona (20.5 por ciento
del PIB mundial en 2010), hizo exclamar a Donald Tsang, jefe del
gobierno autónomo de Hong Kong: Nunca había tenido tanto miedo como
ahora como efecto de lo que está pasando en la eurozona.
Los sistemas de libertinaje financiero
del siglo XX y primera década del XXI están diseñados para que los
banqueros repleten de ganancias sus alforjas. Todos parecen saberlo,
pero no tienen un acuerdo para someterlos al orden y ponerlos al
servicio de la economía productiva.
El director general del propio foro de
Davos, Robert Greenhill, mira, impotente, el caos: La interconexión y la
complejidad de las cuestiones significa que las consecuencias no
intencionales [los cisnes negros del capitalismo occidental] abundan, y
los mecanismos tradicionales de respuesta a esos riesgos simplemente
transfieren el riesgo a otros grupos de interés o a partes de la
sociedad.
Con todo, en Davos aparecieron unos aliens
en la primera sesión formal de sus actividades. Cinco ponentes que
representan a cinco países que, sumados, tienen más de 200 millones de
habitantes, con economías en crecimiento constante durante toda la
década pasada y un potencial de transformación económica y social que
escapa a la imaginación de gringos y europeos.
La región donde se encuentran estos
cinco países, que mandaron a tres presidentes y dos primeros ministros a
Davos, es la segunda región de mayor crecimiento económico del mundo,
una zona emergente que atrae inversiones de las grandes potencias
inversoras, aunque no tiene aún ninguna visibilidad y traducción en
influencia política. Las oportunidades de crecimiento que hay allí son
inusitadas, pues está experimentando el mayor crecimiento urbano de toda
su historia, con la aparición de unas extensas e incipientes clases
medias urbanas emergentes. Cuentan con una extensa población muy joven,
un don invaluable que puede tener cualquier país si sabe aprovecharlo
mediante una educación extensa, profunda, educada desde el principio en
el pensamiento complejo.
Hacia estos países de enorme oferta de
mano de obra se puede conducir la próxima oleada de deslocalizaciones,
una vez se encarezcan los sueldos en Asia. Aunque sufren dificultades de
corrupción e inseguridad, también están mejorando la gobernanza
económica, así como unas políticas monetarias y fiscales hasta hace poco
inexistentes. Todo es aún, claro, muy incipiente.
Estos cinco hombres se plantaron
convencidos de que en sus manos están cinco países que serán parte de
una nueva geografía económica que definirá el siglo XXI, donde todo o
casi todo está por hacerse en infraestructuras de todo tipo, carreteras,
ferrocarriles, puertos y aeropuertos o redes eléctricas. Esto es así
por el enorme caudal de materias primas que tiene escondido en su suelo,
origen del caudal de riqueza de los últimos diez años, cuando la
globalización y el incremento del consumo mundial ha hecho explotar su
potencial comercial y también los pecios.
Uno de ellos cree que deben buscar el
ejemplo de la Unión Europea, que partió de la Comunidad del Carbón y del
Acero, para construir también paso a paso la unidad de su continente a
partir de un mercado común de la energía y de las infraestructuras.
También hay que romper las barreras del comercio y eliminar las
fronteras. Hay que cambiar hábitos culturales y acostumbrarse a las
tecnologías.
Esto es África y entre los cinco países
representados hay de todo, en ingresos, en democracia y en crecimiento:
Guinea, Tanzania, Kenia, Etiopía y Sudáfrica. Detrás está, en gran
medida, China. El barco capitalista occidental, se hunde.
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[Fuente:
La Jornada]
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