MAX J. CASTRO
El pasado fin de semana trajo noticias aleccionadoras acerca del aplastante costo humano y económico a largo plazo de las guerras de Estados Unidos en Iraq y Afganistán.
Casi la mitad (45 por ciento) de los soldados que han servido en Iraq y Afganistán están solicitando del gobierno beneficios de invalidez debido a daño físico o trauma psicológico a consecuencia de su servicio en zonas de guerra, según una noticia reportada por primera vez por el escritor principal de asuntos médicos de la Associated Press (AP), Marilynne Marchione.
El porcentaje de veteranos de Iraq/Afganistán que demandan compensación debido a daños relacionados con el servicio no tiene precedente en la historia de las innumerables guerras de EE.UU. Por ejemplo, con posterioridad a la Guerra del Golfo, el más reciente conflicto importante antes de las desventuras de George W. Bush en Iraq y Afganistán, un estimado de 21 por ciento del personal militar presentó solicitudes de invalidez, menos de la mitad de la tasa actual.
Es más, los veteranos más recientes que buscan el status de invalidez están reportado mucho más daño que los veteranos de conflictos previos. Según la AP:
“… estos nuevos veteranos están declarando de ocho a nueve dolencias como promedio, y los más recientes durante el último año están declarando de 11 a 14. En comparación, los veteranos de Vietnam reciben actualmente compensación por menos de cuatro, como promedio, y los de la 2da. Guerra Mundial y Corea tan solo dos”.
Hay muchas razones para este salto mayúsculo en la tasa de demandas de invalidez presentadas y en el aumento en flecha del número promedio de daños por reclamante. La principal es los grandes pasos que se han dado en la medicina de campaña y militar en EE.UU. en años recientes. Esto ha aumentado grandemente el porcentaje de soldados que sobreviven después de recibir heridas graves o múltiples. En guerras anteriores, por ejemplo, los soldados con heridas traumáticas cerebrales raras veces regresaban vivos a casa. Por el contrario, en las guerras actuales muchos más sobreviven, aunque por lo general con invalidez que requerirá de una costosa atención de salud por parte del gobierno durante toda la vida.
En segundo lugar está el reconocimiento por parte de la ciencia médica y los militares de la realidad, omnipresencia y gravedad de las heridas psicológicas en combate, en especial el Síndrome Postraumático de Estrés (SPE). La prevalencia del trauma psíquico también está afectada por la naturaleza de esas guerras. A diferencia de la 2da. Guerra Mundial, pero de manera similar a la de Vietnam, los soldados que han participado en los conflictos de Iraq y Afganistán a menudo no comprenden por qué han están combatiendo, mucho menos las culturas enormemente diferentes en las cuales se han encontrado inmersos de pronto.
Estas son guerras de constante terror sin primera línea y sin una forma de diferenciar claramente al aliado del enemigo. No es extraño que un soldado afgano o iraquí use su arma para matar a soldados norteamericanos o de la OTAN que creían que trataban con un compañero de armas, o que un bombardero suicida pasando por informante de la CIA hiciera estallar una carga para matarse a él y a varios oficiales de la agencia.
Esta situación evoca el concepto de anomia, acuñado por Emily Durkheim, una pionera de la sociología, para describir un contexto en el que las reglas no están claras o son inexistentes. Una ausencia de normas claras incrementa la ansiedad. Esto también explica en parte las actitudes asesinas o insensibles con las cuales muchos soldados norteamericanos consideran y tratan a los “nativos”, incluyendo masacres como Haditha y muchas otras muertes de civiles, casi todas las cuales han quedado impunes. Y también, debido a que las fuerzas armadas de EE.UU. es un ejército de voluntarios, atrae a un porcentaje de personas que tienen sentimientos racistas e incluso a algunos que, en la vida civil, pudieran convertirse en psicópatas asesinos. Aunque estos perpetradores uniformados de atrocidades puede que escapen al castigo de la ley, hasta ellos no son inmunes al trauma psíquico.
El balance final –literal y figurativamente– es que una combinación de arrogancia, engaño deliberado, negación, fanatismo ideológico y delirio mesiánico hizo que George W. Bush, los neoconservadores y otros halcones que lo alentaron y apoyaron perpetraron una horrible tragedia contra el pueblo de Iraq, Afganistán y Estados Unidos. Aunque el costo humano ha sido especialmente grande para las poblaciones de Iraq y Afganistán, estas guerras también han provocado bajas enormes a Estados Unidos. Son prueba de esto los hechos contenidos en la noticia de AP que muestran que casi la mitad de los 1,6 millones de soldados que han servicio en Iraq y/o Afganistán sufren de múltiples heridas causantes de invalidez.
La administración Bush convenció sus al pueblo norteamericano de que estas guerras serían cortas, relativamente incruentas (para las tropas norteamericanas) y baratas. No resultaron ser precisamente así. Funcionarios de Bush estimaron que el costo de la guerra en Iraq sería de entre $50 y $60 mil millones de dólares. Cuando Lawrence Lindsey, principal asesor económico del presidente Bush, puso reparos y sugirió que un costo de $100 a 200 mil millones sería más realista, Bush lo despidió. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld calificó las cifras de Lindsey de “tonterías” y el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz dijo que los ingresos por el petróleo serían suficientes para cubrir la reconstrucción de Iraq en la posguerra.
Para 2008, el fatal estimado de Lindsey demostró estar totalmente equivocado –pero en la dirección opuesta a los pronósticos oficiales. Ese año, el ganador del Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz., conjuntamente con la profesora de Harvard Linda Bilmes, sumaron los costos públicos y secretos a largo plazo de las guerras de Iraq y Afganistán, lo cual les dio una cifra de $3 billones. A medida que las guerras han continuado durante los últimos cuatro años y surgen nuevos datos, tales como la sorprendente tasa de solicitudes de invalidez, la cifra ha aumentado a $4 billones.
Esa es una suma que pagaría mucha construcción de nación –en este país, donde es muy necesaria en la actualidad. Pero los mismos personajes que hicieron resonar los tambores de la guerra de Iraq y la escalada del conflicto afgano no han aprendido nada de esta debacle. Los mismos viejos neoconservadores y el candidato presidencial republicano Mitt Romney, junto con muchos otros de la derecha, están amenazando con atacar a Irán.
Hasta el presidente Obama, negado a entregar al Partido Republicano una ventaja electoral acerca del sagrado tema de la “seguridad nacional” o ceder a los republicanos una porción del voto judío (“Israel, con razón o sin ella”), ha hecho declaraciones belicosas contra Teherán.
Un ataque a Irán sería un error mucho más trágico que los que hemos visto durante la última década, cuyos costos estamos comenzando a pagar ahora. Irán tiene mayor población, es más decidido y firme que Iraq y Afganistán en conjunto. Saddam era un bufón, aunque fuera un bufón asesino. Los dirigentes de Irán puede que sean fanáticos, pero a diferencia de Saddam no son bufones ni ilusos hasta el punto de arriesgarse a ser aniquilados, como lo hizo Saddam una y otra vez. Y un tercer ataque consecutivo de EE.UU. contra un país musulmán probablemente tenga repercusiones terribles.
El pueblo norteamericano, que inicialmente apoyó tanto la guerra de Afganistán como la de Iraq, ha visto la luz y ahora se opone a ellas. No permitamos que nos engañen otra vez con la política de demonización y temor para que apoyemos otra guerra preventiva cuyo costo sería mayor que el de las dos últimas en conjunto.
[Fuente: Progreso Semanal]
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