JORGE FERNÁNDEZ MONTES
En los últimos años, China ha hecho denodados esfuerzos para evitar que el crecimiento se detenga abruptamente y que el país caiga en un caos económico. A pesar de la oposición de grupos de interés, China inició en marzo de este año la construcción de un marco legal que reconfigura un agotado modelo orientado a la exportación y estimula la innovación de un nuevo sistema enfocado en el consumo interno. Esto implica la reducción sistemática del crecimiento, al tiempo que se experimenta con nuevos motores para el desarrollo económico. Las medidas, no obstante, impactarán significativamente en muchos países, incluidos los de América Latina.
Las importaciones de China beneficiaron notablemente a muchos países latinoamericanos en la primera década del presente milenio. La venta de hidrocarburos y mineral de hierro creó un sistema de bonanza comercial que benefició a América Latina en los años más duros de la crisis financiera internacional. Pero ahora, con la disminución de las importaciones, resultado de la ralentización de China y de otros países BRICS, aquellas economías latinoamericanas que crearon una dependencia por la venta de hidrocarburos y mineral de hierro verán ahora seriamente mermadas sus proyecciones de expansión. Y contrariamente, aquellas economías orientadas a la manufactura y que compitieron con China por el acceso a mercados internacionales, encontrarán un entorno más benévolo generado por el proceso de cambio que vive hoy el gigante asiático.
Las optimistas aseguran que no faltarán oportunidades para América Latina. Pese a la transformación china y la consecuente disminución de las importaciones de materias primas, este grupo opina que el crecimiento de la clase media irá aparejada a una mayor demanda en la compra de alimentos latinoamericanos, de entre los cuales ya se destacan los productos cárnicos, el pan de México, el vino chileno y la soja argentina. La proyección generalizada es que el sector con menos probabilidades de pérdidas por la ralentización de China será el de los alimentos. Además, este grupo asegura que con la creciente ola de turistas chinos dispuestos a salir al exterior --cifras extraoficiales calculan el número en 400 millones--, América Latina tiene posibilidades de captar a un segmento de este sector en beneficio de su industria turística.
Existe un grupo más visionario que observa que el aumento en la mano de obra china alentará a invertir más en América Latina. El bajo costo de producción atraerá capitales e inversión, y bajo este escenario sugieren que habrá buenas oportunidades para que las cadenas de producción abran sus puertas al capital extranjero. Señalan que América Latina debe hacer ingentes esfuerzos para agregar valor a sus productos de exportación, y ven en China a una fuente potencial de inversión directa en la región. La reestructuración en China reducirá la compra de commodities, no obstante, consideran que el potencial regional estimulará a empresarios chinos a establecer empresas de accionariado conjunto y a profundizar en la construcción de infraestructura.
Un tercer grupo opina que hasta el momento no hay información contundente que permita proyectar cómo evolucionará la economía de China y cómo impactará a América Latina. Observan que existe una gran incertidumbre en torno a las medidas para emprender la desaceleración de China, el periodo durante el cual se aplicarán y el momento en el que terminará su aplicación. Si bien reconocen como un hecho la ralentización, argumentan que las medidas no serán radicales, que responderán a ajustes y calibraciones racionales, y que la demanda de hidrocarburos y mineral de hierro continuará, en correspondencia a las necesidades de desarrollo en el centro del país. Este grupo sugiere además que el precio de los hidrocarburos no disminuirá debido a las tensiones entre Estados Unidos y los países productores de petróleo.
La variedad de opiniones revela, en realidad, la incertidumbre que hay sobre el impacto que tendrá la desaceleración de China en América Latina. La incertidumbre sobre lo que se avecina sugiere que muchas economías tomarán el camino menos riesgoso: la venta de granos y alimentos hacia China. De cumplirse esta tendencia, no sólo se reafirmará la tan dañina especialización de exportaciones con bajo nivel tecnológico, se librará una dolorosa batalla con economías altamente competitivas y conocedoras de las oscilaciones del mercado chino. Con el excepcional caso del comercio de vinos y semillas, los exportadores de alimentos librarán una guerra sin cuartel contra competidores del sureste asiático, estratégicamente más próximos a China y con precios más atractivos que los latinoamericanos.
La desaceleración de China sugiere la reafirmación de la excesiva especialización de exportaciones de bajo valor en contra posición a importaciones de medio y alto valor agregado. Sin una integración comercial latinoamericana que aproveche la vitalidad que vive actualmente la región asiática, la venta de materias primas con bajo o nulo valor tecnológico será la dinámica que prevalecerá en los próximos años. La reforma estructural que ahora vive China debe tener eco en los estados latinoamericanos. Urge una integración regional que construya las bases para que empresas latinoamericanas se incorporen con insumos de alto valor a las cadenas de producción asiáticas. América Latina debe ser parte de la integración productiva impulsada por China.
La vieja pregunta “¿Cómo hacer negocios con China?” debe cambiar a “¿Cómo América Latina puede participar en las cadenas de abastecimiento de las unidades de producción de China?”. Sólo así China dejará de ser una incertidumbre en un entorno de desaceleración y pasará a ser un poderoso aliado con resultados de verdadero beneficio compartido.
(*) Jorge Fernández Montes es periodista adscrito al Buró de Expertos Extranjeros de China.
|
|
Tweet |
|